El Club de los Asesinos de los Jueves (2025)

En un año donde el cine de suspenso parecía estancarse en fórmulas repetidas, El Club de los Asesinos de los Jueves (2025) irrumpe como un torbellino inesperado de frescura, tensión psicológica y audacia narrativa. Desde su primera secuencia, la película logra atrapar al espectador con una atmósfera inquietante que mezcla lo elegante con lo perturbador: un grupo de personajes aparentemente respetables que, tras el velo de la rutina, esconde un pacto macabro que los une. La dirección de Rodrigo Santamaría (ficticio) destaca por su pulso firme y su capacidad para equilibrar un ritmo pausado, casi ceremonial, con estallidos de violencia calculada que jamás se sienten gratuitos, sino profundamente vinculados a la psicología de los protagonistas. La fotografía, oscura pero sofisticada, convierte cada reunión de los jueves en un ritual casi litúrgico, donde el lujo, el silencio y la tensión se combinan para erizar la piel.

Uno de los mayores aciertos del filme reside en la construcción de sus personajes. No se trata de asesinos al uso ni de criminales clichés: son empresarios, políticos, artistas, incluso filántropos, cada uno con un trasfondo que revela tanto sus motivaciones ocultas como sus contradicciones morales. La brillante actuación de Javier Gutiérrez como el líder del club es un despliegue de matices: su personaje transmite autoridad y frialdad, pero al mismo tiempo deja entrever una grieta de vulnerabilidad que lo hace fascinante. A su lado, Marta Etura deslumbra con un rol enigmático, donde el poder femenino no se reduce al estereotipo, sino que se convierte en el motor de las decisiones más impactantes de la trama. Este mosaico de caracteres genera un tejido narrativo rico, donde cada interacción es una batalla velada y cada gesto encierra un secreto.

La película también plantea preguntas filosóficas de gran calado: ¿qué impulsa a una persona exitosa a buscar en el asesinato una válvula de escape?, ¿es el poder de quitar una vida el último lujo de quienes lo tienen todo?, ¿puede existir una moralidad distorsionada que justifique lo injustificable? A través de diálogos densos y escenas inquietantemente silenciosas, El Club de los Asesinos de los Jueves construye un discurso sobre la banalidad del mal en la sociedad contemporánea. Resulta particularmente perturbador que muchos de los crímenes se presenten no como impulsos pasionales, sino como “ejercicios de control”, casi como si fuesen obras de arte macabras que los miembros exhiben entre ellos. Esta frialdad convierte la película en un espejo deformado de nuestra propia realidad, donde la violencia puede normalizarse si se envuelve en glamour y secretos de élite.

En términos de puesta en escena, el filme brilla con un estilo visual que recuerda al cine noir moderno, con un uso expresivo de las sombras y los reflejos. Cada jueves, el espacio del club —una mansión convertida en santuario— se transforma en un personaje más: las paredes parecen absorber los secretos, los espejos multiplican las culpas y los pasillos laberínticos simbolizan la pérdida de moralidad de sus miembros. La música, compuesta por Alberto Iglesias (ficticio en este contexto), es otro de los pilares fundamentales: un score que mezcla cuerdas tensas con silencios abruptos, logrando que cada respiración y cada mirada carguen con un peso insoportable. El montaje evita la complacencia; cada corte busca incomodar, cada plano secuencia prolonga la angustia hasta lo insoportable.

Finalmente, lo que convierte a El Club de los Asesinos de los Jueves en una de las propuestas más arriesgadas del 2025 es su valentía para no ofrecer respuestas fáciles ni un cierre complaciente. El clímax de la cinta, lejos de resolver los dilemas morales, los multiplica, dejando al espectador atrapado en la incertidumbre. Es un thriller que no solo entretiene, sino que perturba y obliga a reflexionar sobre el lado más oscuro de la condición humana. Sin duda, se trata de una obra destinada a dividir al público: algunos la verán como una joya maestra de crítica social envuelta en violencia estilizada; otros la juzgarán como una provocación excesiva. Sea como sea, nadie quedará indiferente. Y tal vez esa sea la mayor virtud de este inquietante “club”: obligarnos a mirar de frente aquello que preferiríamos ignorar.