El Diablo Viste de Prada 2 (2025)

Han pasado casi veinte años desde que Miranda Priestly (Meryl Streep) y Andy Sachs (Anne Hathaway) se enfrentaron en aquel torbellino de moda, poder y ambición que marcó a toda una generación. Ahora, en El Diablo Viste de Prada 2, la historia regresa con un tono más maduro, pero igual de feroz, explorando el choque entre un mundo editorial en crisis y el dominio implacable de las redes sociales. Andy, convertida en una periodista consolidada, se ve obligada a colaborar nuevamente con Runway cuando un escándalo amenaza con destruir tanto a la revista como a la figura legendaria de Miranda. La película se plantea, desde el inicio, como un duelo entre pasado y presente, tradición y modernidad, sin perder ese filo sarcástico que convirtió a la primera entrega en un clásico.

La dirección de la secuela sorprende por su enfoque más oscuro y crítico. Si en la primera película el glamour y los vestuarios eran casi un personaje más, en esta segunda entrega la moda aparece como un espejo distorsionado de la sociedad digital: efímera, acelerada y devoradora de talento. Los guionistas consiguen dar profundidad a personajes que, en su momento, parecían ya cerrados. Emily Charlton (Emily Blunt) tiene aquí un arco narrativo especialmente brillante, al regresar como una figura de poder en la industria influencer, chocando con Andy en una lucha por definir qué significa realmente “tener voz” en un mercado saturado.

Lo que eleva a El Diablo Viste de Prada 2 por encima de la típica secuela es la sutileza con la que plantea preguntas incómodas. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar la ética profesional por visibilidad? ¿Se puede mantener la integridad en un mundo donde todo debe ser inmediato y viral? El guion no se contenta con repetir los conflictos originales, sino que los actualiza con el peso del tiempo, reflejando las inseguridades de una generación que ahora ronda los cuarenta y cincuenta años, pero que sigue enfrentándose al vértigo de la irrelevancia.

En lo técnico, la película no decepciona: la fotografía juega con contrastes entre el brillo artificial de pasarelas digitales y la crudeza de redacciones vacías; el vestuario, a cargo de un nuevo equipo creativo, rinde homenaje a Patricia Field sin perder audacia; y la música equilibra clásicos del pop con nuevas voces que capturan la esencia del presente. Sin embargo, lo que realmente atrapa es la actuación de Meryl Streep, quien vuelve a encarnar a Miranda con una mezcla de fragilidad y fiereza nunca antes vista. Lejos de ser la villana caricaturesca, aquí se convierte en un símbolo trágico de un imperio que se desmorona frente a sus ojos.

Al final, El Diablo Viste de Prada 2 no es solo un regreso esperado, sino una reflexión sobre el paso del tiempo y la reinvención personal. Funciona tanto como un homenaje a la primera película como un espejo incómodo de nuestra era digital. Es una obra que hará reír con sus diálogos filosos, emocionar con sus giros inesperados y, sobre todo, dejará al espectador cuestionándose si la moda es realmente superficial o si, como siempre sostuvo Miranda, es el reflejo más preciso de nuestra cultura. Una secuela arriesgada, vibrante y, sin duda, necesaria.